04
nov
2015
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La primera media hora es pura excitación. Las preguntas se entrecruzan, las respuestas son rápidas, todo el mundo mira el menú, sonríe y charla de cualquier tema mientras se deciden los entrantes y el plato principal.
 
Los camareros toman nota, alguien recuerda que quería preguntar cómo está el abuelo, cómo quedó esa entrevista de trabajo, si hay algún viaje planeado y se interrumpe la conversación por quinta vez para elegir un vino u otro.
 
Tras elegir qué va a comerse durante esa comida, viene el primer momento más relajado en el que de verdad se puede hablar. Casi se repiten los temas que se han lanzado durante el primer encuentro, se alargan, se cortan porque de pronto alguien recuerda una anécdota que quería compartir y todos ríen.
 

Conforme los vinos y entrantes hacen su aparición en la mesa, las charlas son sustituidas por comentarios sobre los platos, las preferencias, los ‘tengo mucha hambre’ y los ‘qué ganas tenía de que llegara la temporada de alcachofas’.
 
Cada uno ha escogido al llegar un asiento cerca de quien más quería, de quien más tenía ganas de ver y el primer plato es el momento en el que quizás cada uno comienza a hablar de forma más profunda con su interlocutor.
 
Hay conversaciones generales, por supuesto, pequeños comentarios sorprendentes, que sonrojan o que hacen estallar de risas. Con el segundo plato los ánimos comienzan a relajarse, el estómago se va llenando de comida y el vino va haciendo su efecto.
 
Y por fin llega el momento del postre y el café. Nadie tiene prisa. Es un día festivo y todo el mundo ha reservado su día para ocuparse única y exclusivamente a esta comida. Con el hambre saciada y el pequeño entretenimiento entre dulce y amargo del final de la comida, llega lo que de verdad importa. La sobremesa.
 
Ya se ha hablado de lo banal y rápido, todo el mundo ha criticado un poco a su jefe o al típico compañero molesto del trabajo. Los niños están bien, las vacaciones lejos y los suegros y padres bien de salud. Llega el momento de dar un paso más en la conversación.
 
Es en la sobremesa donde uno, café en mano, se abre a quien tiene al lado. Momento en el que expresar las angustias, las alegrías pequeñas que de verdad nos hacen felices, las ilusiones que nos hacen levantarnos por la mañana.
 
Es el momento de confesar que llevamos mucho tiempo esperando esta comida, que tenemos verdaderas ganas de progresar en la vida, que cada vez que pensamos en esa persona sonreímos mucho por dentro y por fuera.
 
Eso solo pasa en la sobremesa. Y en Nou Racó somos expertos en crear el ambiente perfecto para esa sobremesa que tanto deseas. Estar bañados por La Albufera no es baladí y a eso hay que añadir la exquisita decoración y la intimidad de cada uno de los salones de los que disponemos.

Te esperamos para la mejor sobremesa de tu vida, rodeado de quienes más quieres.

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